La joya más valiosa

¿Alguna vez te has preguntado cuanto cuesta tu cabello? La verdad, es una pregunta que nunca antes me había hecho. Se que existen personas que ven como negocio el vender su cabello. Dudo mucho que aquellas personas puedan ponerle el precio que quieran al suyo, sino que tienen que someterse al mercado de las pelucas con cabello real (si es que existe ese término).

Así como el cabello, hay muchas cosas que tienen un valor muy grande, pero sólo para la persona que lo posee. Tal vez un botón de una camisa pueda significar para la mayoría de las personas simplemente el valor de 10 centavos, pero para alguien en particular es un objeto invaluable, ya que es una puerta al recuerdo más hermoso que tiene de su abuelita cuando se lo puso de emergencia en la camisa que usaría el día de su boda.

Me puse a pensar en esto el día de ayer cuando vi en una página el precio de un anillo de compromiso que estaba en oferta. Era de oro y tenía incrustado un pequeño diamante lo cual lo convertía en un objeto valiosísimo. Recuerdo una vez que mi princesa de las palabras inventadas me dijo que ese tipo de joyas podían servir como un bien en general, y que incluso podría empeñarse a un buen precio. Comparando esto con lo antes mencionado me imagino al tipo del botón yendo a una casa de empeño y diciéndole prestamista: “Este botón es un objeto invaluable para mi ¿Cuanto me presta por él?

Yo descubrí de una forma muy triste el valor real de aquellas cosas. Como ya sabrán los que leen este blog, desde hace 2 años mi princesa de las palabras inventadas y yo compartimos un collarcito de corazón. Yo tengo su mitad y ella tiene la mía. Fue un hermoso regalo de parte suya, incluso en un post narro muy emocionado el día cuando me lo entregó.

Aquel collarcito se convirtió en mi primer collar. Mi cuello nunca había llevado antes un adorno o cosa similar y era para mi algo totalmente nuevo el llevarlo puesto todos los días.

Al cabo de unos meses, lucir el collar en el cuello era muy normal para mi, incluso se convirtió en algo indispensable en mi vestir diario. De cuando en cuando me llevaba la mano al cuello y tocaba el dije con mis dedos e inmediatamente dos seres venían a mi mente… Dios y mi princesa de las palabras inventadas.

Hace unos meses la cuerdita que sostenía el dije se malogró. El ganchito que lo aseguraba a mi cuello se rompió y el dije de vez en cuando se salía. Hubieron muchas ocasiones en que casi lo pierdo mientras caminaba por la calle, pero si no fuera porque de alguna manera me daba cuenta que se me estaba cayendo, ya se hubiera perdido hace mucho.

Pero como siempre sucede, ese día llegó. Regresaba de una reunión de trabajo y me sentía muy cansando. Estuve dormitando en el carro hasta que llegamos a la oficina. Me cambié de ropa para estar más cómodo y cuando me senté frente a la computadora me di cuenta que la cuerdita colgaba de mi cuello, pero el dije había desaparecido. En ese momento una sensación de frío pasó por mi espalda. Hice un esfuerzo para recordar la última vez que lo tuve entre mis manos y eso fue mientras estaba en el carro así que ahí no pudo haberse caído. Inmediatamente me levanté y regresé mis pasos dentro de la oficina, incluso salí a la calle hasta la avenida principal buscándolo minuciosamente en el suelo. Cualquiera que me hubiera visto en ese momento hubiera pensado que estaba loco.

Regresé muy triste a la oficina. No había encontrado ni rastro del dije. Toda aquella tarde no pude dejar de pensar en ese collarcito y de lo mucho que significaba para mi. Me acordé de aquel día que mi princesa me lo entregó y de todas nuestras fotitos en las que salgo con él. Créanme si les digo que ni siquiera la pérdida de algo tan caro como el celular que me regaló mi hermano y desde donde escribo este post, me hubiera afectado tanto como aquella pérdida.

Los días siguientes fueron muy extraños y difíciles. Tenía la ilusión de que sí regresaba por el mismo camino buscándolo con más esmero podría encontrarlo, pero lo único que lograba era hacerme sentir peor.

Dos días después la pena no se había ido. Incluso podría decir que había aumentado. El sentimiento de culpa por no haberlo cuidado mejor me golpeaba constantemente y los recuerdos me ponían muy triste. Llegué a la oficina muy agotado y me dispuse a prender la PC, cuando de pronto un milagro sucedió. En un rinconcito del mueble de la PC se asomó aquel motivo de mis angustias. Aquel pequeñito que tanto me había hecho sufrir con su ausencia. Apenas podía creerlo. No me cabía en la cabeza el hecho de que algo que había dado por pedido apareciera de la nada frente a mis ojos, sobre todo cuando me había esmerado tanto en buscarlo desde hace 2 días en ese mismo lugar.

La felicidad se apoderó de mi en ese momento. Simplemente no podía creerlo. Sonreía como tonto a cada instante y lo presionada entre mis manos. No quería soltarlo todavía.

Tal vez no tenga comparación alguna, pero me imagino cómo pudieron haberse sentido los apóstoles, en especial Tomás, cuando vieron a Jesús frente a ellos después de haberlo visto morir en la cruz. O la felicidad que puede sentir Dios cuando un hijo suyo se arrepiente de sus pecados y decide volver a Él. Ahora entiendo la felicidad que sintieron aquellos personajes de las parábolas de Jesús: la mujer cuando encontró su moneda perdida, el pastor al hallar a su oveja o el padre al recibir al hijo pródigo.

Ahora cuido como oro aquel dije. Lo tengo guardado en una bolsita especial y lo llevo conmigo a todas partes. No quiero volver a ponérmelo hasta encontrar la cuerdita más segura del mundo que no lo deje caer nunca más.

La Joya más valiosa

Gracias por este hermoso regalo Princesa de las palabras inventadas… ❤

Ofrecer la otra mejilla

El día de ayer al regresar de mi casa fui testigo de algo que sucede muy a menudo en casi todas las calles de Lima y que al parecer ya es algo tan normal que no nos asusta ni nos conmueve.

Tomé el carro a eso de las 7:45 pm de la noche para regresar a mi casa, bastante temprano a lo que estoy acostumbrado. Había bastante movimiento por las calles de San Miguel y calculaba que llegaría a eso de las 10:00 pm cosa  que me parecía normal y hasta bastante seguro ya que, usualmente los días Sábado las calles cerca a mi casa suelen estar repletas de gente por culpa de las múltiples discotecas que hay.

Como ya me es costumbre, ese día me encontraba con terno y tenía apariencia de gente. Es algo extraño cómo la gente aún se admira de que una persona camine con terno por las calles, imagino que piensan que todo aquel que usa terno es porque tiene plata, no lo sé. Bueno, llegó mi carro, me subí y me senté casi por los últimos asientos. Cuando pasó el cobrador le pagué con una moneda de 2 soles y no me dio vuelto, se fue de frente como si nada. Obviamente le reclamé, a veces se hacen los locos y cuando les dices algo te dan el cambio sin decirte nada, pero esta vez no era ese el caso. Tras reclamarle me devolvió solamente 30 céntimos, sabiendo muy bien que el pasaje era S/.1.50, incluso se molestó porque le reclamé. A penas me dio el vuelto se fue a la puerta de adelante dejándome con la palabra en la boca. Yo tenía toda la razón, incluso en su tarifario decía el precio de S/.1.50, pero al parecer a él no le importó un comino. Pensaría que como iba con terno, tenía el deber de pagarle más que los demás.

Lo último que puedo soportar es el abuso de la gente. Ya sé lo que pueden estar pensando: “Pero si sólo era S/.0.20”. Lo sé, aunque sea sólo veinte céntimos, lo considero de muy mala actitud. Pensé en un momento hacerle problemas, pero me dije: “Hoy día es Sábado y acabo de salir de la iglesia, no vale la pena”. Le pedí a Dios que me dé paciencia en una pequeña oración y que nos bendiga a todos en ese viaje, incluso a él. Como veía que aún estaba impaciente tomé una separata que me habían dado que hablaba sobre la amistad y comencé a leerla. La lectura me hizo reflexionar y a la vez calmaba mi corazón. Cuando terminé de leerla ya estaba cerca de mi destino, pero como suele suceder cuando no duermo apenas me subo al carro, me quedé dormido.

Cuando desperté me di cuenta que el carro ya había llegado a mi destino y se disponía a dar la vuelta, para ello tenía que meterse por huachipa y luego regresar a la carretera central, que era donde debía tomar el siguiente carro. Decidí quedarme y dejar que regrese a la carretera, sólo nos encontrábamos en el carro el chofer, el cobrador, una señorita y yo. Ese lugar se veía bastante tenebroso porque por alguna razón todos los postes estaban apagados y apenas el carro volteó para ir directo a la carretera nos percatamos que estaban asaltando a una chica tres sujetos en medio de la oscuridad. El chofer hizo el ademán de atropellarlos y el cobrador comenzó a pitar y salió corriendo a defender a la chica. Los delincuentes huyeron al verse descubiertos y dejaron a la chica en el suelo llorando. El cobrador tomó a la chica y la subió rápidamente al carro por temor a represalias de parte de los ladrones. Una vez dentro los dos, el chofer continuó con el camino. El cobrador al verla llorando le preguntó algo asustado si le habían robado algo, porque aún tenía su cartera, ella aún en shock y llorando le dijo que no, pero como no dejaba de llorar el cobrador le preguntó con una extraña ternura: “¿Te han hecho algo mamita?” y ella le respondió llorando: “Me han pegado”. Se me partió el corazón al escucharla porque ella podría ser mi madre, mi hermana o mi novia y no sé que haría si alguien les hiciera algo. El cobrador le dijo como para calmarla: “Menos mal que no te robaron nada mamita, si hubiera agarrado a uno lo reventaba”. Tanto el chofer como el cobrador estaban dispuestos a prestarle su ayuda y llevarla hasta un lugar seguro. Al parecer la chica vivía por ahí o tenía algún conocido cerca de la entrada de huachipa. Se le veía bastante humilde y entre sus cositas pude ver una naranjita en una bolsa y otras cositas que sólo ella podría darle valor, lo cual me puso triste. Me preguntaba cómo la gente puede llegar a ser tan bestia para golpear a una mujer que posiblemente tenga menos que ellos. Al final cuando llegamos a la carretera el cobrador le dijo que nunca haga eso, que no camine por calles oscuras y sobre todo allí, que mejor tome un mototaxi que sólo le cobrará cincuenta centavos. Cuando el carro se detuvo el cobrador fue donde un patrullero que estaba parado en una esquina y que al parecer no había visto nada y les dijo a los policías lo que había pasado. Yo seguí mi camino y tomé mi carro para irme a mi casa, reflexionando en el camino sobre lo que pasó.

Entendí que Dios tenía para mí un mensaje aquella noche. A pesar de haberme molestado con el cobrador por la actitud que tuvo conmigo antes, pude ver que era una persona piadosa y muy valiente, dispuesto a arriesgarse por ayudar a su prójimo. Me di cuenta que hice bien al no guardarle rencor y perdonarle. Y sobre todo, que nunca hay que maldecir a nadie, a pesar del mal que te hagan a ti. Como Jesús dijo lo de poner la otra mejilla, eso precisamente  hay que hacer porque aquella chica pudo haber sido mi madre, mi hermana o mi novia y aquel hombre la hubiera defendido sin importar quien hubiera sido.

Enseñanzas de Nuestro Señor Jesús:

Mateo 5:39, Mateo 5:40, Lucas 6:29, Lucas 6:30

Yume Ni Go – Segunda Parte 2

Yume Ni Go

Segunda Parte

Capítulo 1 : Adiós

*—-*

A pesar de todo lo acontecido pude dormir rápidamente. Creo que mi cuerpo sólo pudo atinar a hacer eso. Estaba demasiado exhausto para hacer otra cosa.

Al día siguiente fuimos al hospital a ver a mi padre. Él se encontraba bien según el doctor. Sara y el Doctor se alejaron de mí y empezaron a conversar, por algún motivo no querían que escuchara. Una vez terminada su conversación Sara le pidió que nos enseñara el cuarto donde estaba mi papá. Al llegar al cuarto Sara me dijo: “Espérame un momento Alex, te aviso para que entres ¿Ya?” Y entró sin que le pudiera responder. Yo me quede afuera esperándola, pero tanto misterio me tenía algo inquieto así que me acerqué a la puerta que estaba semi-abierta y pude escuchar sus voces muy ligeras. Al no poder entender lo que decían decidí asomarme cautelosamente para al menos observar lo que hacían. Ellos estaban hablando muy serios. Ella lo señalaba constantemente y también señalaba la puerta en alusiones a mí. Parecía que le estaba reclamando sobre algo. Después de un momento ella se calmó, se despidieron y salió de la habitación. Me alejé rápidamente de la puerta y me senté en la banquita que estaba cerca a la habitación. Sara me dijo que entrara a verlo. No se le veía muy bien, al parecer aún continuaba alterada, pero trataba de ocultarlo. Dudé en entrar, la verdad sentía algo de temor sin saber exactamente a qué. Finalmente me decidí a entrar cuando noté que Sara me lo iba a repetir.

Papá estaba recostado en la cama de costado, dándome la espalda. No se inmutó ni siquiera cuando hice ruido al patear de casualidad la mesita que estaba cerca de su cama. Esperé unos segundos a que volteara, pero tras resignarme a que lo hiciera le dije: “Hola Papa” Él no volteó a verme, solamente respondió muy serio:”Qué”. Y la habitación se puso muy silenciosa. Yo quería preguntarle qué había pasado, por qué le había sucedido esto, por qué no me dijo que se sentía mal, pero no pude. Sólo le pregunté tras esa larga pausa: ¿Estás bien? Esta vez tampoco volteo a verme, sólo respondió “Si”. Al ver que iba a ser imposible el poder hablar al respecto, decidí irme. Me despedí de él y me fui silenciosamente.

Tras dos días de hospitalización, le dieron de alta y regresó a la casa como si nada hubiera pasado. Mientras estuvo hospitalizado, Sara me invitó a quedarme en su casa. Ella no me quiso decir nada al respecto mientras estuve allí, y Miaki me dijo que ni siquiera estaba muy enterada de lo que había pasado ese día. Después de esos dos días, regresé a mi casa con mi Padre y todo siguió igual.

Estuve algo nervioso después de lo acontecido y me puse más atento con mi papá. Un día lo noté un poco mareado y le pregunté si se sentía bien. Él sólo agito la cabeza y continuó haciendo lo que estaba haciendo. Se notaba en su rostro algo de molestia por la pregunta que le hice, pero no dijo nada. Yo no lo hacía con ninguna mala intención, sólo quería estar atento por si necesitara de mi ayuda.

Pasaban los días normalmente, sin ninguna novedad, pero cuando mis preocupaciones por la salud de papá estaban desapareciendo, lo vi muy mareado, se notaba claramente, e incluso se apoyó en la mesa para no caerse. Me asusté mucho en ese momento y le pregunté: ¿¡Papá estás bien!? Estaba algo alterado. Él me gritó muy irritado ¡No me molestes maldita sea! Y se reincorporó. Yo también le grité, estaba harto de que se molestara por mi preocupación por él: ¡Solamente quería saber si estabas bien! Le dije ¡Y a ti que te interesa! Me respondió muy molesto. Yo le contesté: ¡Soy tu hijo, por eso me preocupo! y me quedé mudo cuando me dijo: ¡Yo no te pedí que lo seas! Me miraba fijamente a los ojos sin siquiera parpadear, estaba realmente furioso, pero también noté que poco a poco los ojos se le ponían rojos. Lo único que pude hacer en ese momento fue irme de ahí, no aguantaba verlo así, ni tampoco que me mirara de esa forma. Estaba muy molesto con él, nunca antes me había gritado, ni tampoco nunca antes había visto esa expresión en su rostro. Saqué mi casaca y algo de dinero de mi cuarto, y me fui a la calle sin decirle nada.

Simplemente no quería verlo.

Estuve caminando toda la tarde. No recuerdo exactamente qué caminos tomé, sólo me di cuenta de lo mucho que había estado andando porque se hizo de noche. Aún no me sentía con ganas de regresar a mi casa. Seguía molesto o triste, no sé, simplemente quería que ese sentimiento se me pasara primero, así que me fui a la casa de Miaki. Toqué el timbre y salió su mamá. Me preguntó a qué se debía mi visita y sobre todo tan tarde. Le dije que había quedado en hablar con Miaki a esa hora. No me gusta mentirle a la gente, pero fue lo único que se me ocurrió en ese momento. No quería que me pregunte sobre lo que estaba pasando. Sara me hizo entrar y llamó a Miaki. Me senté en el sofá a esperarla mientras que Sara subía a su habitación. Me dijo que no nos quedáramos hablando mucho tiempo porque ya era tarde. Miaki bajo de su habitación a recibirme, se notaba en su rostro algo de intriga, sobre todo por mi visita tan de noche. Ella sabía que no habíamos quedado esa noche para conversar, pero sólo me preguntó qué quería decirle. Yo le dije que sólo quería quedarme un momento en su casa y ella no puso objeción. Miaki era de las personas a las que no les gusta insistir en algo, sólo preguntaba una vez y eso le bastaba. Así que nos quedamos hablando hasta muy tarde. Llegó un momento en que se le notaba muy incómoda, le pregunté qué pasaba y me dijo que ya era muy tarde y que regresara, porque mi padre estaría preocupado. Yo le dije que a él no le interesaba y que el sabía que yo estaba aquí. Volví a mentir. El rencor que sentía aún no se me iba. Ella, como era su costumbre, no insistió más en el tema.

Me quedé en su casa hasta las 12 y 5 de la noche. Nunca antes me había quedado tanto tiempo sin avisarle a Papá. No sabía por qué esa incomodidad no me dejaba. Saliendo de la casa de Miaki me fui nuevamente a caminar. Caminé por lugares muy oscuros sin importarme nada; por parques, calles y callejones, hasta que poco a poco se me fue pasando ese sentimiento. Así que decidí regresar a casa. Mientras caminaba por una avenida que estaba a unas cuantas calles cerca a donde vivía, vi pasar un carro de bomberos muy aprisa. La calle estaba tan silenciosa que el sonido de la sirena me despertó de mis pensamientos. No le di importancia y seguí caminando. Ya más calmado, comencé a pensar que mi Padre realmente podría estar preocupado, era demasiado tarde e imaginé que así como yo, él también estaría más tranquilo. Así que acelere el paso.

Ya era las doce y cuarenta de la noche y vi pasar una ambulancia muy rápido, se dirigía en la misma dirección que yo. Ya estaba muy cerca de mi casa, faltaban unas 3 o 4 cuadras. No recuerdo bien. Al voltear hacia la calle donde vivía pude ver las luces rojas relampagueando. Me preguntaba que podía estar pasando y me acerqué rápidamente. Mi corazón comenzó a latir fuertemente cuando me di cuenta que la ambulancia y el carro de bomberos estaban estacionados frente a mi casa. Empecé a correr, pero llegué tarde porque empezaron su retirada. Estaban tan apurados que casi me atropellan. Me quedé cerca a la puerta de mi casa pasmado. No quería ni imaginar qué era lo que había pasado, cuando de pronto de mi casa salió la Sra. Sara llorando, se acercó a mi muy rápido y me abrazo fuerte diciéndome: “Todo estará bien, no te preocupes”. Desde ese momento supe que el que iba en la ambulancia era mi padre.

Continúa…

Tiempo…

Tiempo… a veces queremos que pases muy rápido y otras que no te nos vayas de las manos tan de prisa. Eres cruel y santo en nuestras vidas porque logras librarnos y a la vez atraparnos en etapas tan distintas. Quiero dedicarte este post porque te lo mereces.

Cuántas veces he deseado momentos como este, en la que pueda desafiarte a un duelo de recuerdos. Muchas veces me hiciste verme a mi mismo en sueños y me mostrabas lo que era y me comparabas con los que soy. Tenías una risa burlona, pero cálida. Lo recuerdo muy bien. Quién soy yo para decirte qué hacer. De nada sirve mi voluntad ante ti y tus juegos.

Recuerdo un día, cuando estaba perdido en mi mismo, que una vez de niño me obsesioné con un hoyo en el piso. Era tan extraño este hoyo que vagamente recuerdo nunca haberle encontrado el fin. Y comencé a imaginar qué podría haber dentro… tal vez un duende escondido de la luz del sol que salía todas las noches mientras todos dormíamos para hacer sus travesuras en quién sabe dónde. O de repente arañas de un tamaño descomunal que alteraban al perro, quien asustado, sólo atinaba a ladrar. No lo sé, pero algo tenía que haber ahí. Un hoyo tan enigmático tendría que tener algo fantástico en su interior.

Cansado de esperar y nunca poder descubrir qué había dentro, decidí obligar a sus habitantes a escapar y mostrarse a plena luz del sol. Para lograr mi cometido utilicé muchos métodos de persuasión, bueno, los que estaban más a la mano y los que se me tenía permitido utilizar… y algo más.

Alambres de gran tamaño, agua, aceite, kerosene, perfume, arena, papel, fuego, etc, etc, etc. Qué no habré metido ahí. Una vez muy emocionado logré conseguir ron de quemar y lo eché con gran emoción. Al prenderlo casi me quemo las cejas por la fuerza con la que salió el fuego de aquel hoyo.

No recuerdo por qué ni cuándo perdí la obsesión por este pasatiempo tan extraño que tenía. Solamente recuerdo que el tiempo me lo hizo recordar. El mismo tiempo que ahora se presenta mientras escribo estas líneas y me recuerdan que hacía tiempo no escribía. No crean que era por falta de ganas, porque siempre las tengo. Hay muchas cosas que favorecen al que yo tome algo de mi tiempo de descanso para dedicarlo a este pasatiempo que estoy seguro, siempre disfrutaré.

Una vez más haz tomado tu cuota y te vas sin despedirte. Sé que volverás uno de estos días para seguir recordándome quién era, quién soy y quién seré.

Tiempo

Tiempo

Dedicado a la niño que hay en ti…

Yume Ni Go – Segunda Parte 1

Yume Ni Go

Segunda Parte

Capítulo 1 : Adiós

*—-*

Todo fue tan repentino. Muchos sentimientos tocaron mi alma en un instante sin darme tregua para reaccionar. Nunca entendí por qué paso todo y creo que a pesar de que el tiempo siga su camino no lo podré entender. Para mí era una escena muy conocida ver a mi papá sentado y solo, con su cabeza apoyada en sus manos. Nunca pude escuchar nada, ni una voz, ni un llanto. Sólo el silencio sepulcral que después de tantos años de contemplarlo logró atraparme a mí también. No sé si yo tendré culpa de esto, ya que Él siempre me miraba con pena, como si estuviera condenado a “vivir” lo que estaba viviendo. Empiezo a creer que fue así. Nunca conocí a mamá. Él nunca guardó una sola foto suya. Ni siquiera tengo noticias de gente que haya estado vinculada a ella. Murió cuando yo nací, eso es lo único que sé, no conozco el motivo ni la razón de su muerte. Papá nunca me habló de ella, de lo que le paso. Pero supongo que es cierto que murió. Siempre que alguien le preguntaba sobre su esposa, mi madre, a mi papá, el entristecía mucho, pero nunca daba razón de nada y muchas veces evitaba hablar sobre ese asunto frente a mí. Siempre su mirada furtiva al ser cuestionado, me miraba con esos ojos tan perdidos y esa era la señal para que me fuera. Nunca lo vi sonreír, estaba la mayor parte del tiempo pensativo, perdido en oscuros pensamientos tal vez, no lo sé. Sólo se daba el lujo de conversar con una señora que hasta hace poco me parecía muy extraña. Ella se llama Sara y vive en la casa del frente con su hija Miaki que curiosamente es la única persona con la que yo converso. Sara nunca me hablaba sobre mi papa, trataba de no mencionarlo en nuestras esporádicas conversaciones. Siempre que le preguntaba sobre él, se quedaba callada, me miraba y luego miraba en dirección a mi casa e inmediatamente cambiaba de tema de la mejor manera posible, yo siempre me daba cuenta de ello, pero tampoco insistía. Sabía que de alguna forma también le incomodaba. Como si hubiera algo que no le permitiera hablar. Una mañana Sara tuvo una conversación muy larga con mi papá. Fue algo bastante extraño. Yo estaba muy cerca de su casa. Quería hablar con Miaki, pero no quería encontrarme con mi papá en ese momento, así que esperé a que él se fuera de la casa de Sara para poder acercarme. Cuando mi papá dejo la casa se le veía más extraño que de costumbre, yo estaba acostumbrado a verlo muy pensativo siempre, pero esta vez me pareció extraño. Al llegar a casa de Sara, ella me recibió con un fuerte abrazo como siempre lo solía hacer, pero también estaba extraña. Mientras me hablaba se notaba en sus ojos la urgencia por decirme algo. Después de un diálogo casi sin sentido se dio cuenta que me estaba empezando a impacientar así que sólo atinó a decirme: “Cuida mucho a tu padre, cuídalo”, e inmediatamente entristeció. Eso me asustó mucho. A ella nunca la había visto triste. A pesar de haber perdido a su marido hacía ya bastante tiempo y de vivir sola con Miaki, era una mujer muy alegre. Siempre la recordaba así. Esa noche no pude dormir pensando en lo que me dijo. Miraba hacia el techo oscuro de mi cuarto, tratando de no pensar en ello. Trataba de imaginar algo que me haga sentir bien en ese momento, pero no encontraba nada. El viento que se colaba por la ventana ligeramente abierta estaba muy helado y hacia un ruido muy extraño al pasar. Ya era casi la una y media de la madrugada cuando unos ruidos espantosos  me hicieron poner de pie, estaba tan asustado que no me preocupé en ponerme los zapatos. Salí de mi habitación y seguí aquellos extraños ruidos. Los sonidos eran escalofriantes, no tenían ningún sentido, eran gemidos combinados con golpeteos, como un lamento agónico. A pesar de que estaba muy asustado sabía que algo malo estaba sucediendo y necesitaba saber qué era exactamente. Los ruidos se hacían cada vez más fuertes mientras me acercaba cada vez más a la habitación de mi padre. Abrí la puerta muy despacio y me asomé. Lo vi recostado sobre su cama, estaba asfixiándose, convulsionando a cada momento. Me asuste horriblemente, no sabía qué hacer, le gritaba: ¡Papá! ¡Papa! ¿¡Qué te pasa!? Él no decía nada, no podía decir nada. Yo sólo atiné a llorar horrorizado. Corrí a la cocina buscando como loco el teléfono y llamé a los bomberos. Ellos llegaron muy rápido y se lo llevaron al hospital. Yo me quedé en la casa, no sabía como actuar en ese momento. Nunca  antes había pasado algo parecido. Solamente me apoyé en la pared, fuera del cuarto de Papá, me senté y escondí la cabeza entre las rodillas, era lo único que podía hacer en ese momento. No podía parpadear, la imagen de Papá en la cama se me quedó grabada en la retina. Debe ser que estuve muy perturbado en ese momento, porque no me di cuenta cuando entró a la casa la mamá de Miaki muy alterada. Me preguntó qué había pasado, dónde estaba mi padre. Lo único que pude hacer fue abrazarla fuertemente y llorar, llorar mucho. Las lágrimas salían sin cesar a pesar de que cerraba los ojos fuertemente. Ella también me abrazó y no dijo nada más. Era la primera vez que lloraba de esa forma, nunca en mi vida había llorado como ese día. Sara me llevó a su casa y allí pase toda la noche.

 

continúa…