La joya más valiosa

¿Alguna vez te has preguntado cuanto cuesta tu cabello? La verdad, es una pregunta que nunca antes me había hecho. Se que existen personas que ven como negocio el vender su cabello. Dudo mucho que aquellas personas puedan ponerle el precio que quieran al suyo, sino que tienen que someterse al mercado de las pelucas con cabello real (si es que existe ese término).

Así como el cabello, hay muchas cosas que tienen un valor muy grande, pero sólo para la persona que lo posee. Tal vez un botón de una camisa pueda significar para la mayoría de las personas simplemente el valor de 10 centavos, pero para alguien en particular es un objeto invaluable, ya que es una puerta al recuerdo más hermoso que tiene de su abuelita cuando se lo puso de emergencia en la camisa que usaría el día de su boda.

Me puse a pensar en esto el día de ayer cuando vi en una página el precio de un anillo de compromiso que estaba en oferta. Era de oro y tenía incrustado un pequeño diamante lo cual lo convertía en un objeto valiosísimo. Recuerdo una vez que mi princesa de las palabras inventadas me dijo que ese tipo de joyas podían servir como un bien en general, y que incluso podría empeñarse a un buen precio. Comparando esto con lo antes mencionado me imagino al tipo del botón yendo a una casa de empeño y diciéndole prestamista: “Este botón es un objeto invaluable para mi ¿Cuanto me presta por él?

Yo descubrí de una forma muy triste el valor real de aquellas cosas. Como ya sabrán los que leen este blog, desde hace 2 años mi princesa de las palabras inventadas y yo compartimos un collarcito de corazón. Yo tengo su mitad y ella tiene la mía. Fue un hermoso regalo de parte suya, incluso en un post narro muy emocionado el día cuando me lo entregó.

Aquel collarcito se convirtió en mi primer collar. Mi cuello nunca había llevado antes un adorno o cosa similar y era para mi algo totalmente nuevo el llevarlo puesto todos los días.

Al cabo de unos meses, lucir el collar en el cuello era muy normal para mi, incluso se convirtió en algo indispensable en mi vestir diario. De cuando en cuando me llevaba la mano al cuello y tocaba el dije con mis dedos e inmediatamente dos seres venían a mi mente… Dios y mi princesa de las palabras inventadas.

Hace unos meses la cuerdita que sostenía el dije se malogró. El ganchito que lo aseguraba a mi cuello se rompió y el dije de vez en cuando se salía. Hubieron muchas ocasiones en que casi lo pierdo mientras caminaba por la calle, pero si no fuera porque de alguna manera me daba cuenta que se me estaba cayendo, ya se hubiera perdido hace mucho.

Pero como siempre sucede, ese día llegó. Regresaba de una reunión de trabajo y me sentía muy cansando. Estuve dormitando en el carro hasta que llegamos a la oficina. Me cambié de ropa para estar más cómodo y cuando me senté frente a la computadora me di cuenta que la cuerdita colgaba de mi cuello, pero el dije había desaparecido. En ese momento una sensación de frío pasó por mi espalda. Hice un esfuerzo para recordar la última vez que lo tuve entre mis manos y eso fue mientras estaba en el carro así que ahí no pudo haberse caído. Inmediatamente me levanté y regresé mis pasos dentro de la oficina, incluso salí a la calle hasta la avenida principal buscándolo minuciosamente en el suelo. Cualquiera que me hubiera visto en ese momento hubiera pensado que estaba loco.

Regresé muy triste a la oficina. No había encontrado ni rastro del dije. Toda aquella tarde no pude dejar de pensar en ese collarcito y de lo mucho que significaba para mi. Me acordé de aquel día que mi princesa me lo entregó y de todas nuestras fotitos en las que salgo con él. Créanme si les digo que ni siquiera la pérdida de algo tan caro como el celular que me regaló mi hermano y desde donde escribo este post, me hubiera afectado tanto como aquella pérdida.

Los días siguientes fueron muy extraños y difíciles. Tenía la ilusión de que sí regresaba por el mismo camino buscándolo con más esmero podría encontrarlo, pero lo único que lograba era hacerme sentir peor.

Dos días después la pena no se había ido. Incluso podría decir que había aumentado. El sentimiento de culpa por no haberlo cuidado mejor me golpeaba constantemente y los recuerdos me ponían muy triste. Llegué a la oficina muy agotado y me dispuse a prender la PC, cuando de pronto un milagro sucedió. En un rinconcito del mueble de la PC se asomó aquel motivo de mis angustias. Aquel pequeñito que tanto me había hecho sufrir con su ausencia. Apenas podía creerlo. No me cabía en la cabeza el hecho de que algo que había dado por pedido apareciera de la nada frente a mis ojos, sobre todo cuando me había esmerado tanto en buscarlo desde hace 2 días en ese mismo lugar.

La felicidad se apoderó de mi en ese momento. Simplemente no podía creerlo. Sonreía como tonto a cada instante y lo presionada entre mis manos. No quería soltarlo todavía.

Tal vez no tenga comparación alguna, pero me imagino cómo pudieron haberse sentido los apóstoles, en especial Tomás, cuando vieron a Jesús frente a ellos después de haberlo visto morir en la cruz. O la felicidad que puede sentir Dios cuando un hijo suyo se arrepiente de sus pecados y decide volver a Él. Ahora entiendo la felicidad que sintieron aquellos personajes de las parábolas de Jesús: la mujer cuando encontró su moneda perdida, el pastor al hallar a su oveja o el padre al recibir al hijo pródigo.

Ahora cuido como oro aquel dije. Lo tengo guardado en una bolsita especial y lo llevo conmigo a todas partes. No quiero volver a ponérmelo hasta encontrar la cuerdita más segura del mundo que no lo deje caer nunca más.

La Joya más valiosa

Gracias por este hermoso regalo Princesa de las palabras inventadas… ❤