Y fue un 12 de Febrero

No tenía forma de ver la hora mientras estaba en el carro, pero sabía que cada minuto que pasaba, era una eternidad bajo los ojos de la angustia. No recuerdo si el carro se detuvo o salté por la ventana, pero el hecho es que ya estaba afuera a un paso más rápido que mis ganas de estar allí.

Entonces la vi. Estaba de pie en aquella avenida oscura, la única luz que veía entonces, era ella. Tenía una imagen distinta. Su cabello amarrado en una seductora cola que rosaba sus hombros desnudos. Era la visión de ella más hermosa que nunca antes había contemplado. Esa curiosa expresión de amargura ya la había visto antes. No soy un santo, la he provocado muchas veces. Sabía que había cometido un error y cual cachorro mal educado bajaba las orejas y la contemplaba a los ojos. “Te ves muy bonita” le dije mientras caminábamos y volví a provocar una expresión en ella. Ya no era de amargura, sino de sorpresa por no saber que responder. Las calles estaban con la misma oscuridad de siempre, pero se respiraba un aire distinto. Retomábamos los mismos caminos, pero como siempre pasaba, casi no notábamos por dónde nos llevaban nuestros pies. Una leve brisa hizo que se apoderara de mi brazo y yo me sentía en el cielo. Su calor me calaba muy hondo y puedo jurar que hasta me toca el alma. ¡Un escalón en forma de banca! ¡Que conveniente! Nos sentamos a conversar mientras descansábamos del pequeño paseo. Nuestra conversación se hacía más personal mientras nos mirábamos de reojo. Ella es distinta a las demás. Ella tiene todo lo que siempre quise. Ella es la que estaba esperando. Y no les miento si es que aseguro esto. Nada es coincidencia. Cada tiempo. Cada vivencia. Cada lágrima. Cada sonrisa. Cada tristeza. Todo se parece. Nos parecemos tanto y hemos vivido tantas cosas similares. Me conecto con ella y casi hasta nos leemos las mentes. Revivimos recuerdos olvidados y nos reímos de lo que alguna vez hicimos. Fuimos niños juntos, aunque nunca antes nos hubiéramos conocido. Pero ahora estaba allí. Junto a mí. Riéndonos de la nada, como celebrando la última treta del destino. Era inevitable el perderme en sus ojos. Era inevitable ver sus labios y desear morir en ellos. Era inevitable soñarla junto a mi. Y finalmente las palabras salieron de mi boca. Como si nunca antes lo hubiera dicho. Aunque sabía que no era así. Ya le había dicho antes las palabras que le iba a decir. A pesar de que nunca obtuve la respuesta que desde el fondo de mi alma tanto añoraba, seguía perenne. Fiel a mi decisión la abordé nuevamente. Esta vez entre mis brazo se lo dije en las palabras más sutiles para no asustarla, pero lo suficientemente claras para que entendiera que iba en serio. Le dije que si quería ser enamorada mía, porque yo de ella ya lo estaba desde hace mucho. Y entonces ocurrió… Lo que antes era un mito y que a pesar de las extrañas formas en que lo evitaba, llegó. Un “si quiero” lo cambió todo. Los miedos aún estaban presentes, las mismas cosas a las que nos enfrentábamos seguían allí, pero en ese momento me hice un compromiso y se lo hice a ella. Ahora que esto esta declarado como real, no dejaré que regrese a la fantasía. Ella me dio su confianza y su cariño y yo se lo devolveré con creces. Esta es mi decisión por toda esta felicidad que está provocando en mi. El “si quiero” se transformó en un cántico que siempre querré escuchar. Escuchar esas palabras de su boca me llenan de dicha porque sé que ahora las cosas serán distintas. Se arriesgó por mi, lo esta dando todo por mi, se juega todo por mi y eso, eso no se deja pasar. No podía dejar de mirar a sus hermosos ojos y su sonrisa era inconfundible. Ya no había miedo en ellos, pero sí algo de incertidumbre. Pero yo estaba tranquilo, eliminar esa incertidumbre es trabajo mio. Y sé que lo haré, ella lo vale. Lo vale y lo valdrá por siempre.

Se hacía tarde y ya era hora de volver al mundo real. Empezó a llover como para recordarnos que no estábamos solos en ese lugar. Le ofrecí mi casaca que “esta fuera de moda”, pero que extrañamente es mi favorita. Ella tras un gesto de desaprobación se lo puso. “Mi niña engreída”. Seguía lloviendo y no queríamos irnos. Pero ya era tarde, incluso las estrellas querían apagarse. Y con un beso de despedida la vi partir… pero ya nunca más se irá de aquí, en mi pecho hizo su lugar. Para siempre…

Para ti mi Ju.

Dedo meñique

Dedo meñique

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